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Albus Blog

Forty tantos

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La crisis de los cuarenta da para mucho. O para casi todo. Desde teleseries hasta libros, desde películas hasta columnas. Es, a estas alturas, un lugar común que se ha enquistado en el inconsciente. Pareciera que quienes enfrentamos esta edad nos vemos obligados a pagar un peaje emocional, un costo asociado a pasar por el ombligo de la existencia. Y, sí, claro. Hay tipos que llegan a los cuarenta y se gastan lo que no tienen en una moto, hay mujeres que se enchulan y se recauchan, hombres que dejan a sus parejas por una niñita de veinte así como señoras que deciden juntarse una vez a la semana en un motel con algún semental que podría ser su hijo. Cierto. Pasa. Y a muchos les pega fuerte.

Pero tener cuarenta y tantos no es sólo crisis. No se simplifica en que comienza la segunda mitad, ergo, empieza la cuenta regresiva. No es sólo la década en que debuta el examen de la próstata y se empieza a hablar de climaterio. Y tampoco es únicamente la parte de la vida en que se extrañan las bondades de la adolescencia o la primera juventud. De hecho, si evitamos que la melancolía nos inunde, podremos recordar que hay muchas cosas de antes que es una gracia no seguir viviendo.

Aquí viene la tesis: los forty tantos son la etapa de la seguridad en uno mismo, de la mayor autoestima, de quererse con los defectos, de dejar de frustrarse por lo que no tenemos y aceptar lo que somos. Estoy convencido de que éste es, lejos, el mejor capítulo de nuestra historia cronológica: todavía nos queda suficiente energía para ser deportistas, subir montañas, andar decenas de kilómetros en bicicleta, correr triatlones y tener relaciones por más de veinte minutos. Y al mismo tiempo poseemos algo de sabiduría, nos hemos equivocado y aprendimos, nos caímos y supimos pararnos, sabemos perfectamente quienes son nuestros amigos y en quién podemos confiar, hemos estudiado, trabajado y tenemos ex parejas que nos han hecho aprender a querer con más libertad.

Mejor aún, a los cuarenta y tantos no nos avergüenza contar que vamos a terapia, que tomamos alguna pastillita para mejorar el ánimo, que nos gusta ir a la bruja a que nos lea el tarot, que nos cargan los lugares con humo de cigarrillo o que el mes pasado nos gastamos medio sueldo en ir al concierto de ese artista favorito que vino a Chile. ¿Se entiende? Es el momento de la vida en que nos despojamos de los pudores estúpidos , la etapa en que dejamos el súper yo en el ropero, la década de la libertad y la poca vergüenza.

Por algo hay tantos estudios que dicen que la mujer tiene su peak sexual de los cuarenta en adelante, pues por primera vez se siente cómoda con su cuerpo, se mira en el espejo y deja de criticarse con esa furia de antaño. Finalmente, decide quererse y no maltratarse, lo que le permite entregarse, relajarse y gozar como nunca antes. Nos pasa a hombres y mujeres. Llegar a los cuarenta nos regala autocompasión, nos da un respiro en la hiperkinética carrera por ser los mejores, nos deja hacer una pequeña pausa y respirar. Mal que mal, ese dicho que dice algo así como “si no lo hiciste a los 40, ya no lo hiciste”, algo explica. Sea como sea el balance de tu vida en la década de los cuatro dígitos, el hecho es que ya no habría demasiado que cambiar. Suena reduccionista y probablemente hay muchos que se reinventan post 40, cierto, pero mirémoslo del lado bueno: si tienes 40 y tantos, toma aire, descansa un poco, porque correr como loco ya no tiene el sentido que tenía antes.

Es cierto que algunos famosos que se acercan a los cuarenta, como Tiger Woods, han dado una muy mala lección de lo que es sentir la comezón de la cuarta década y que, a juzgar por los avances de la teleserie “Cuarenta y tantos”, que parte en pocos días, la levedad y la superficialidad parecieran ser un referente de mis contemporáneos. Pero es bueno acordarse de que las series nocturnas tienen que marcar buen rating y que el golfista en cuestión posee una fortuna de mil millones de dólares, situaciones que impiden cualquier comparación con la realidad. Mucho mejor es, en cambio, seguir los consejos que da la periodista Raina Kelley en la revista Newsweek para enfrentar esta etapa desafiante con cierta altura de miras.

Según Raina, hay reglas de sana convivencia para un cuarentón(a) que no se pueden olvidar como, número uno, “ya no puedes volver a tener 25, ya pasaron tus días de gloria”. ¿Triste? Para nada. Se acabó la angustia pendex, la indecisión, el “me gusta-no me gusta”. Ya no es tan fácil carretear hasta el otro día y llegar radiantes al trabajo, pero que no se nos olvide que antes no teníamos un peso ni tampoco el diez por ciento de la estabilidad con que contamos hoy en día. Segundo. Se terminó el tiempo de echarle la culpa de nuestros problemas a nuestros padres. “Supéralo” dice Raina. No hay nada más patético que alguien de esta edad excusándose de sus problemas o carencias por lo que hicieron o no le dieron sus progenitores. Si no puedes enfrentar el trauma, entonces búscate una buena terapia. Tercero. Bota esa lista de las cosas que tenías que hacer antes de morirte. No tienes ni la plata ni el tiempo ni la estructura genética para llevar a cabo esas ideas utópicas. Cuarto. Tómate treinta días antes de hacerle algo a tu cuerpo, ya sean tatuajes, piercings o cirugía plástica. Quinto. No mezcles sexo y tecnología, facebook e infidelidad, celulares y coqueteo: te pueden pillar. Sexto y último: Vístete como adulto. Ya no tienes 18 y, sinceramente, tratar de verte muy joven te hace ver muy ridículo. En el fondo, no trates de bypassear tu edad. Por el contrario, disfruta la falta de vergüenza, el principio de la sabiduría y el fin de la culpa que dan los forty tantos.
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